–¿Fuiste a ver a mamá?
–Sí, está muy mayor.
–Hay que buscar una solución. Tendríamos que hablarlo entre todos.
–¿Quieres decir entre los tres? Con Cristina no cuentes.
– Sí, entre los tres.
–Llamaré a José Manuel. ¿Para cuando quedamos?
–Estaría bien el domingo.
Emilia es viuda, tiene ochenta y tres años, y tres hijos varones. Su tercer hijo fue póstumo nació cuatro meses después de morir su marido hace ya más de cincuenta años. En aquellos tiempos solo les quedaba pensión a unos pocos, así que se quedó embarazada, con dos hijos pequeños y sin pensión. Tuvo que trabajar y sacar a sus hijos adelante como pudo “con dignidad”, cuenta ella.
Enrique, el mayor, estudió comercio y luego se hizo intendente mercantil. Enseguida se colocó en un banco en el que ha llegado a ocupar en puesto importante. Está prejubilado.
Mariano hizo el bachiller y luego no quiso estudiar ninguna de las carreras que estaban a su alcance Quería hacer arquitectura pero no era posible, así que se hizo delineante y acabó de director comercial de una importante agencia inmobiliaria.
José Manuel, el más pequeño, salió un pinta y muy mal estudiante. Dando tumbos de acá para allá acabó en la Argentina. Allí formó una familia y unos cuantos años después volvió solo: se había separado de su mujer y sus hijos no quisieron acompañarlo en su regreso a la madre patria. Una vez en España puso un negocio de lavandería y tintorería con unos ahorrillos que tenía y le ha ido muy bien.
Los tres hermanos se han reunido para estudiar lo que se puede hacer.
–Yo creo que tú podrías llevártela a casa y nosotros colaboraríamos –dice Enrique refiriéndose a José Manuel que vive solo.
–Imposible –contesta tajantemente el aludido–. Viajo mucho y estoy poco en casa. Por razón de negocios, ya sabéis
–Sí, lo que no dices es de qué negocios –añade socarronamente Mariano– de los que se pintan las uñas y llevan medias.
–No vamos a ponernos a discutir a estas alturas –dice Enrique en tono conciliador–cada uno lleva la vida que le parece.
–¡Hombre! Yo creo que esto es cosa de mujeres –dice José Manuel y a la vista de la cara de su hermano añade–. No quiero decir que yo me quiera desentender. Habrá que meter una criada fija y yo pagaré lo que haya que pagar, como si es todo, pero la responsabilidad de controlar a la señora tendrá que ser de una de vuestras mujeres.
Creo que es lo mejor.
–No es tan sencillo como tú crees. No creo que Cristina lo acepte. Ésa no es la solución –comenta Mariano.
–Pues podríamos meterla en una residencia –sugiere José Manuel mientras observa la cara de sus hermanos–. Buena… la mejor. Se paga lo que haya que pagar.
–No es mala idea –se apresura a afirmar Mariano– son sitios especializados que tienen todos los servicios y la verdad es que las personas mayores están mejor ahí que solas en su casa aunque sea con una sirvienta fija.
–No me parece bien –dice Enrique con rostro severo–. Mamá se sacrificó mucho por nosotros y no se lo merece.
–¿Entonces qué? –José Manuel sostiene la mirada a sus hermanos.
–Mejor lo consultamos con la almohada y con la parienta y dejamos la decisión para el próximo domingo –opina Enrique para salir del atolladero.
–Me parece una buena idea –se apresura a confirmar José Manuel–. Nos lo pensamos y volvemos a tratar de ello el próximo domingo.
Dan por zanjada la cuestión y continúan hablando de los partidos de la jornada.
Mariano, después de tomar unos vinos con los amigos, llega a su casa un poco taciturno, duda de si comentar con Cristina el asunto. Sabe de antemano la respuesta y le va a dar a su mujer la oportunidad de vapulearlo como hace casi siempre.
Cuando tenía veinticuatro años se casó con la hija del director de la inmobiliaria en la que trabajaba. A Emilia le gustó su futura nuera aunque no era precisamente simpática con ella, pero le pareció un buen partido para su hijo y no puso ningún inconveniente.
Mientras cenan permanece callado. No es nada nuevo. Hace mucho que Cristina y él hablan poco y casi siempre para discutir.
Cuando están en el cuarto de baño lavándose los dientes antes de acostarse se decide:
–Hoy estuve hablando con mis hermanos de la situación de mi madre –se queda callado mientras echa la pasta de dientes en el cepillo.
–¿Y?
Se cepilla los dientes y se enjuaga la boca con cierta parsimonia.
–Nada, que la mujer ya no puede vivir sola, necesita que alguien se ocupe de ella.
–Pues meted una o dos personas que se encarguen. Es fácil.
–No es tan fácil, es preciso que alguien controle el asunto. No puedes dejar a una persona tan mayor en manos de un extraño.
–¿Y qué? Habla claro.
–Supongo que tú no quieres ayudar, ¿no?
–¿Cuándo ha hecho tu madre algo por mí? ¡No faltaba más! –dice mientras se seca después de lavarse–.Ya sabes que nunca nos hemos caído bien. Ha sido una suegra bien antipática. Jamás nos ha dicho: “Me quedo con los niños para que vayáis al cine” o cosas así, más bien se apuntaba ella a todos los jolgorios.
–En eso tienes razón, pero está muy mayor. Da pena.
–¡Pues encárgate tú! ¿No eres su hijo? ¿Por qué tengo que ser yo? –se va poniendo el camisón–. ¿Quién cuidó a mi padre? ¿Fuiste tú? ¿O fue tu madre? No me echó una mano aunque ya estaba jubilada. No se quedó con los niños ni un solo día cuando tenía que ir con mi padre a la quimio.
Mariano calla, se mete en su cama y adopta la posición de dormir.
Cristina se mete en la suya.
–No me hagas recordar cosas. Tú le debías mucho más mi padre que yo a tu madre. Al fin y al cabo fue el que te puso donde estás y te ayudó en numerosas ocasiones a salir de algunos líos –se acomoda en la cama–. Y, ¿qué hiciste?, ¿en qué me ayudaste? En nada.
Mariano sigue inmóvil.
–A tu madre le ha importado un pepino los apuros que yo he pasado teniendo que trabajar cuando los niños eran pequeños o con la enfermedad de mi padre. Ahora que tengo un poco de desahogo porque ya son mayores no me faltaba más que comprometerme en semejante cuestión. ¿No tiene tres hermosos hijos de los que está tan orgullosa? Solo faltaba que ahora echase mano de sus nueras a las que siempre a menospreciado y, si me apuras, maltratado.
Cristina ajusta la almohada a sus necesidades.
–¡No, hijo, no! Tú eres su hijo, hazlo tú que dispones de más tiempo que yo, porque… ¡no me faltaría más! Trabajamos las mismas horas en la agencia, tú en casa no haces nada y todavía pretendes que me encargue de tu madre. Ni lo sueñes.
José Manuel no contestó. Se hizo el dormido. Cristina se dispuso a dormir.
Enrique llegó a casa pronto y encontró a su mujer haciendo la cena. Se sentó en la cocina, con la silla apoyada en la pared y el codo derecho sobre la mesa.
–Estuve viendo a mamá, está mal.
–Eso no es nada nuevo.
–Ya, pero cada día controla menos. Creemos que ya no puede vivir sola. La asistenta que tiene es insuficiente –mientras habla come una croqueta de las que su mujer tenía preparadas encima de la mesa.
–Es lo mismo que cuando lo de mi madre. Tuvimos que turnarnos mis hermanas y yo para atenderla. Pero, eso sí, se murió en su casa y en su cama, como ella quería.
–Pues ése es el caso –pica otra croqueta.
–¿Qué pasa?, ¿no vas a dejar nada para cenar?
–Perdona. Ya lo dejo.
–Ya casi está, voy a poner la mesa.
Levanta los brazos mientras ella pone el mantel.
–Habrá que hacer algo. A casa no la podemos traer; no hay sitio. He pensado que tú podrías pasarte por allí todos los días para controlar un poco, ¿qué te parece?
–¡Si eso es lo que tú quieres! Al fin y al cabo es lo que he venido haciendo en los últimos años sin que nadie me lo pidiera. Pero quiero que quede algo claro: porque es mi obligación, pero ya sabes que tu madre nunca me ha tratado bien –se dirige a por los platos y la cubertería–. Ya sé que lo tengo que hacer y lo haré, pero no me hace ninguna gracia.
–Ya sabes que siempre te di la razón…
Cuando Enrique le dijo a su madre que se iba a casar, ella montó en cólera.
–¿Cómo que te quieres casar?
–Sí, mamá, ya llevo seis años cortejando con Visi. Lo sabes muy bien. Ya tengo un puesto de trabajo fijo en el banco. Ha llegado el momento, ¿para qué esperar?
–¡Muy bonito! Toda la vida trabajando para vosotros y ahora que estamos mejor, gracias a tu sueldo, me dices que te vas a casar –bajó la mirada hacia los calcetines que estaba repasando– además, ¿quién es esa chica?, ¿sabes bien dónde te vas a meter?
–No me vengas con ésas, sabes muy bien quién es, te la he presentado.
Emilia dejó la labor y miró a su hijo.
–¡Es que tú eres tonto! A mí me ha dicho gente de mi confianza que esa chica no es trigo limpio. Además su padre es un impresentable y su familia un desastre.
–¿Quién te ha dicho semejantes barbaridades? Su padre es un obrero, un trabajador que ha sacado adelante a su familia. Es verdad que bebe más de la cuenta, como tantos miles de hombres en este país.
–¡Tú qué sabes! Lo que te ha contado ella, ¡claro! Investiga, verás como te digo la verdad. Me han dicho con nombres y apellidos los hombres con los que estuvo liada.
–¡Pero si está conmigo desde que tiene dieciséis años! ¡Anda que no fue precoz! Mira no voy a seguir discutiendo esto contigo, me voy a casar y eso no tiene remedio. Me da lo mismo lo que digas tú y esas amistades tan generosas y bienintencionadas que tienes.
Emilia volvió a su labor y su hijo se quedó sentado sin decir más. Cuando volvió a levantar la vista tenía los ojos llenos de lágrimas.
–¿Y yo qué?, ¿yo no tengo derecho a nada?, ¿ahora resulta que me voy a quedar sola después de haber luchado tanto? No es justo. No me esperaba esto de vosotros.
–Eso no quiere decir que te vayas a quedar sola. Yo no me voy a ninguna parte, te vendré a ver y si quieres comeremos contigo siempre que a ti te apetezca.
–Eso es lo que dices ahora. Luego será otra cosa... en fin. Vamos a comer que ya está la comida.
Comieron casi en silencio sin volver a sacar el tema. Ambos estaban pensativos y serios.
A Enrique no le cayó en saco roto el disgusto de su madre y, como eran tiempos difíciles, convenció a Visi de que lo mejor era quedarse a vivir con su madre, porque así no tendrían que pagar renta y podrían ahorrar para comprar un piso.
Visi era fácil de convencer. Estaba totalmente enamorada de Enrique y dispuesta a supeditarse en todo a él. No puso ninguna objeción. Es más, hasta imaginó con ilusión la convivencia con su suegra.
Pero la realidad fue desastrosa. Emilia no perdía la ocasión de zaherir e insultar a su nuera que no sabía defenderse de sus ataques por su timidez natural.
Durante mucho tiempo le ocultó a Enrique la realidad de su relación con Emilia. Pero cuando nació su primer hijo, dos años después de su boda, la situación se hizo insostenible. Para Emilia nada de lo que hacía Visi estaba bien hecho. Todo estaba mal. Visi era una ignorante que no sabía nada de nada.
No era cierto, Visi era la segunda de ocho hermanos y sabía muy bien cómo cuidar a un niño, no en vano había cuidado a sus dos últimos hermanos. Tenía sus propias ideas al respecto y en esto no estaba dispuesta a ceder.
Enrique empezó a darse cuenta de la tensión que existía entre su mujer y su madre y en numerosas ocasiones reprendió a su madre, pero eso solo servía para que Emilia fuera más incisiva con Visi. Hasta empezó a decirle que “cuando el río suena agua lleva” y otras alusiones a su decencia.
Al cabo de tres años y medio, y con hijo y medio, decidieron alquilar un piso e irse a vivir solos, pero ya era tarde, los resentimientos mutuos eran muy profundos y difíciles de olvidar.
A partir de aquel momento las relaciones entre suegra y nuera fueron convencionales. Visi la trataba con respeto pero con distancia.
–Ya está, cuando quieras cenamos –anunció Visi volviendo a la realidad.
–¡Pues no se hable más!, vamos a dar cuenta de esa estupenda cena que has hecho.
Al domingo siguiente se vuelven a reunir los tres hermanos.
–Hoy tengo mucha prisa –anuncia José Manuel–. Lo he pensado mucho y creo que lo mejor es la residencia. Me he estado enterando y hay una que ofrece todo tipo de servicios y garantías.
–Estoy de acuerdo contigo –dice Mariano– es lo más razonable.
– Pues yo no. No mientras yo viva –afirma Enrique con voz severa.
Los dos hermanos menores se echan una mirada interrogante y el primero en hablar es José Manuel
–Si es algo personal no hay nada que decir. Yo no tengo ningún inconveniente en que tú te encargues de ella. Más bien todo lo contrario, me quitas un peso de encima.
–Yo tampoco –afirma Mariano– si es algo personal… cuenta conmigo si necesitas dinero o algo así.
–Desde luego –dice José Manuel– cuenta con nosotros, por dinero que no quede.
Es posible que mujeres y hombres seamos diferentes, pero es seguro que, hoy por hoy, somos desiguales. En este blog encontrarás las claves que lo demuestran.
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domingo, 6 de junio de 2010
martes, 13 de abril de 2010
SOMOS NOVIOS.
–Te quiero.
–Yo también te quiero.
–Me gustaría estar contigo toda la vida.
–Sí –dice ella, y se aprieta aún más contra él.
La música sigue sonando y él la besa. Es un beso largo. Ella le corresponde No saben si están solos o acompañados. El mundo no cuenta.
–Hace mucho calor –dice ella mientras se quita la blusa y se la anuda a la cadera.
Él la mira embobado. Lleva un pantalón vaquero ajustado, entre el pantalón y el final de la camiseta asoma un ombliguillo redondo. El escote del top permite adivinar unos pechos pequeños y tersos entre sus hombros amplios.
–Eres preciosa. Nadie tiene una novia tan guapa.
–Te lo parezco a ti.
–Te querré siempre.
–Siempre..., ¿qué hora será?
–Cerca de las once.
–Tengo que irme. Ya sabes, hay que estar a las once y media en punto, ni un minuto más.
Caminan en la noche hasta la parada del autobús. Van con las manos enlazadas y se echan miradas encendidas.
Se paran para esperar el bus. Begoña tiene el pelo largo, rizado y de color castaño con unos hilillos cobrizos que relucen a la luz de la farola.
–Cuanto más te miro, más me gustas. Eres más que preciosa. No tienes ni una espinilla, eres perfecta.
Javi es alto y bien formado pero tiene la cara llena de marcas debido a las espinillas.
–Te quiero –dice mientras rodea con la mano la cintura de la chica.
Luego se adelanta e intenta abrazarla y besarla. Ella hace un mohín de rechazo.
–Nos pueden ver.
–¿Quién nos va a ver? Aquí cada uno está a lo suyo.
– No sé…
Él le dice algo al oído y las hormonas hacen su trabajo.
A unos cientos de metros de allí, Jesús, Marina y sus dos hijos pequeños han ido a pasar la tarde a un merendero al que acuden muchas familias y han jugado una partida de cartas con unos conocidos, Fernando y Conchi.
Jesús y Fernando son compañeros de trabajo en la mina, aunque Fernando es técnico y Jesús un simple minero. Esta diferencia de cualificación dificulta en cierto sentido una amistad más íntima porque en el trabajo uno es el jefe y el otro el subordinado.
–Se nos ha hecho un poco tarde. Tenemos que irnos –dice Marina mientras se levanta.
–Sí, nosotros también nos vamos –contesta Conchi–. ¿Os llevamos?
–No faltaba más, claro que sí –afirma Fernando apoyando a su mujer.
–No sé, a lo mejor queréis ir a otro sito. Como no tenéis peques. Esto de tener el coche en el taller es una lata. –dice Marina con la mirada baja.
–También nos vamos a casa y vivís a dos pasos – insiste Fernando.
–Bueno, entonces sí –Marina levanta la mirada y esboza una sonrisa mientras recoge sus cosas.
Todos se montan en el coche y se ponen en marcha. Al pasar por delante de la parada del autobús ven como una pareja se “morrea”.
–Los jóvenes de hoy en día no tienen vergüenza –afirma Conchi–. ¡Míralos!
–Tienes razón –dice su marido mientras acerca más el coche a la pareja para iluminarlos bien con los faros y poder verlos mejor.
–Déjalo, no te acerques tanto que están las criaturas –advierte Marina, aunque no quita la mirada de la pareja.
De pronto Marina se pone lívida, ha reconocido a su hija y al hijo de sus amigos. Mira a los demás y observa que todos se han dado cuenta.
Una vez superado el primer estupor se miran unos a otros.
–La mato –dice Jesús–. Es que la mato.
-No vayamos a tener un escándalo en medio de la parada del autobús –propone Fernando–. Espera a que lleguen a casa, es lo mismo –y acelera dejando atrás a la parejita que sigue arrullándose con amor.
–No puedo comprenderlo, es una niña que jamás ha dado un disgusto –afirma Marina––. Siempre ha sido obediente y responsable. Ha terminado el bachillerato con unas notas estupendas.
–Ya, pero llegada una cierta edad los padres no sabemos nada de lo que los hijos hacen fuera de casa –apunta Fernado-.
–También Javi es un buen chico –contesta Conchi.
Nadie dice nada más y durante el resto del trayecto no se oye ni una mosca.
Begoña y Javi se despiden unos metros antes de llegar a la calle donde ella vive. Ella mira el reloj.
–Se hace tarde. Ya sabes cómo es mi padre.
–Ya. En casa no me ponen una hora fija.
–Eso es porque eres chico, esto de ser mujer es un asco.
–¿Te veré mañana?
–¡Claro!, mañana y pasado mañana y siempre –dice Begoña mientras se aleja apretando el paso.
Cuando llega a su casa llama a la puerta y le abre su madre. Tiene un aspecto terrible, los ojos rojos de llorar, la mirada extraviada. No dice nada
–¿Qué pasa, mamá?
–Pasa, verás tu padre –dice Marina con un hilo de voz.
Begoña se asusta un poco. Mira a su madre pero ésta baja los ojos y no le devuelve la mirada. Esto no ocurría nunca.
–Pero, ¿qué pasa?, ¿no me lo puedes decir tú?
–Anda, camina, que tu padre está esperando –dice sin levantar los ojos del suelo.
Begoña se dirige hacia la cocina. Su padre está de espaldas.
– ¿Qué pa..?
No puede terminar la frase. El descomunal bofetón propinado por el brazo del picador desencaja su cara.
–¡Puta, más que puta! –dice Jesús con la cara hinchada por la ira–. Sólo me faltaba que una hija mía fuera a ser una puta, una zorra. Te aseguro que te mato antes de que me pongas en vergüenza, te mato, lo juro.
–Pero si yo… –intenta balbucear Begoña envuelta en lágrimas.
–¡Me cago en la puta! ¡Hostia! No vayas a negarlo. Te hemos visto con estos ojos.
–¡Qué vergüenza! En mi vida lo ha pasado peor –añade su madre entre sollozos.
Jesús vuelve a abalanzarse sobre Begoña. Ella se cubre la cara con los brazos. Todo le da vueltas. Su padre la toma por los hombros y la zarandea.
– ¡Sí! ¡Me cago en la puta que me parió! Te hemos visto con el hijo de Fernando, dándote el lote como una cualquiera. Si no te hubiera visto nunca habría creído que fueras capaz de una cosa así. ¡La mosquita muerta!
Begoña mira a su padre totalmente aterrada e intenta balbucear unas palabras.
–Es que salgo con él. Somos novios.
–¡Qué novios ni qué cuentos! ¡Me cago en la puta! ¿Cuántas veces te hemos dicho lo que no se hace? ¿Es que hablo en latín? Si te deja preñada ¿Crees que se va a casar contigo? ¿Es que no te das cuenta de que tú eres la hija de un puto minero y el padre de ese individuo es el jefe?
–Somos novios, de verdad, lo juro.
–¡Joder! ¿Es que no me explico o que eres tonta? ¡Manda cojones! No quiero volver a verte con él. Que yo no me entere que nadie te ve ni con ése ni con ningún otro.
–Pues… no pienso dejarlo. Es mi novio, ya te lo he dicho
Jesús se abalanza de nuevo sobre ella y comienza a pegarle sin control pero su madre se interpone.
–Bueno, déjala ya. No vayas a tener que ir tú a la cárcel, que sería mucho peor. Déjalo, ya veremos lo que hacemos –y se dirige a Begoña–. Vete a tu cuarto.
–¡Ah!, y de momento no vuelves a salir más en todo el verano porque, ¡me cago en la!, ¡te juro que te mato! –le dice su padre con el dedo índice en alto y tembloroso.
Begoña se dirige al cuarto de baño. Llora desconsoladamente mientras se limpia la sangre que le brota de la nariz.
Doscientos metros más allá, Javi busca sus llaves y abre la puerta de su casa. Enseguida aparece su madre con mirada huidiza. Se acerca a darle un beso. Ella inicialmente lo rechaza pero él insiste y al final se deja convencer por la zalamería de su hijo.
–Anda, camina, que tu padre quiere hablar contigo –le dice con una sonrisa entre forzada y complaciente.
–¿Qué pasa?
–Verás, hijo, te hemos visto en la parada del autobús con esa chica, creo que se llama Begoña.
–¿Y?
–Pues, eso, que te hemos visto abrazándote y tu padre quiere hablar contigo.
Javi se dispone a la reprimenda. Primero va a su habitación y con cierta parsimonia se cambia los zapatos y deja la chaqueta en el perchero. Finalmente se dirige al salón. Su padre está sentado leyendo el periódico. La tele está apagada, algo inusual a esas horas.
–¡Ejem! –dice al ver que no ha notado su presencia.
–¡Ah!, ¿ya estás aquí? –pregunta innecesariamente mientras lo mira de arriba abajo–. Bien, hijo, escúchame con tranquilidad porque tenemos que hablar de hombre a hombre –y le indica el sillón para que se siente.
Javi se sienta sin perderlo de vista. Su padre dobla parsimoniosamente el periódico y levanta la vista.
–Supongo que tu madre te ha dicho que te hemos visto con una chica ¿no?
–Sí, bueno, era Begoña, la hija de Jesús.
–Ya –contesta mientras entrelaza sus dos manos con el dedo índice extendido–. Verás. No creas que no te comprendo, yo también he tenido dieciocho años y sé lo que es eso. Entiendo que tengas tus necesidades y, la verdad, Begoña es una chica muy mona que está muy bien. Pero hay que andarse con cuidado, eres muy joven para “novieteos”. Se empieza haciendo manitas y no se sabe cómo se acaba.
–Pero si no he hecho nada. –protesta mirando a su padre–. ¡Anda, que no sois exagerados!
–Tú sabrás. Nosotros vimos lo que vimos y eso no es nada tranquilizador.
–Bueno, llevamos un tiempo bailando juntos y tú ya sabes, bueno, sé que lo comprendes.
El padre mira de reojo a su mujer que está escuchando discretamente cerca de la puerta. Ella le hace un gesto como incitándole a decir algo ya convenido.
–Supongo que no es nada serio, ¿no? –lo mira con el ceño fruncido mientras espera la respuesta.
–Bueno –baja la vista-, no sé, supongo que no –vuelve la mirada a su padre–. Begoña me gusta pero nada más.
El padre desarruga el ceño, sonríe y vuelve a mirar a su mujer con cierta complacencia.
–Bueno, en ese caso no hay problema. De todas formas ándate con ojo, que tú eres un buen partido, y seguro que habrá un montón de lagartonas que querrán pescarte de cualquier manera –vuelve a desplegar el periódico que estaba leyendo–. Tú haz lo que quieras, a mí no me importa, pero, eso sí, con cuidado de no comprometerte, de noviazgos nada –se para un momento, como dudando de lo que va a decir, vuelve a echar un ojo a su mujer y ésta lo anima a seguir–. Y, ya sabes, quiero decir que si tuvieras una relación íntima con alguna chica, pues siempre con cuidado, para eso están los condones, que los venden en las farmacias.
Javi lo mira asombrado.
–Todavía te queda mucha vida por delante –continúa– este año empiezas en la universidad y quién sabe a cuánta gente interesante conocerás. A lo mejor conoces alguna chica de tu clase, quiero decir que también estudie como tú, porque, ¿sabes?, no es nada bueno casarse con una mujer inferior, ni para ti ni para ella. Cuando pasa el tiempo y se acaban los arrumacos esas diferencias se notan. Esas cosas suelen pasar. No es que quiera decirte con quién has de salir y con quién no. Desde luego que no. Eso es cosa tuya. Pero a la hora de comprometerse hay que pensárselo mucho… –y Fernando sigue y sigue con su perorata, explicándole a su hijo cómo debe comportarse un hombre de bien en este mundo.
Su madre, que contemplaba la escena en segundo plano, sonríe y pregunta:
–¿Vas a salir esta noche?
– No sé. Ya veré. ¡Tengo un hambre canina!
–En un minuto está la cena.
–Yo también te quiero.
–Me gustaría estar contigo toda la vida.
–Sí –dice ella, y se aprieta aún más contra él.
La música sigue sonando y él la besa. Es un beso largo. Ella le corresponde No saben si están solos o acompañados. El mundo no cuenta.
–Hace mucho calor –dice ella mientras se quita la blusa y se la anuda a la cadera.
Él la mira embobado. Lleva un pantalón vaquero ajustado, entre el pantalón y el final de la camiseta asoma un ombliguillo redondo. El escote del top permite adivinar unos pechos pequeños y tersos entre sus hombros amplios.
–Eres preciosa. Nadie tiene una novia tan guapa.
–Te lo parezco a ti.
–Te querré siempre.
–Siempre..., ¿qué hora será?
–Cerca de las once.
–Tengo que irme. Ya sabes, hay que estar a las once y media en punto, ni un minuto más.
Caminan en la noche hasta la parada del autobús. Van con las manos enlazadas y se echan miradas encendidas.
Se paran para esperar el bus. Begoña tiene el pelo largo, rizado y de color castaño con unos hilillos cobrizos que relucen a la luz de la farola.
–Cuanto más te miro, más me gustas. Eres más que preciosa. No tienes ni una espinilla, eres perfecta.
Javi es alto y bien formado pero tiene la cara llena de marcas debido a las espinillas.
–Te quiero –dice mientras rodea con la mano la cintura de la chica.
Luego se adelanta e intenta abrazarla y besarla. Ella hace un mohín de rechazo.
–Nos pueden ver.
–¿Quién nos va a ver? Aquí cada uno está a lo suyo.
– No sé…
Él le dice algo al oído y las hormonas hacen su trabajo.
A unos cientos de metros de allí, Jesús, Marina y sus dos hijos pequeños han ido a pasar la tarde a un merendero al que acuden muchas familias y han jugado una partida de cartas con unos conocidos, Fernando y Conchi.
Jesús y Fernando son compañeros de trabajo en la mina, aunque Fernando es técnico y Jesús un simple minero. Esta diferencia de cualificación dificulta en cierto sentido una amistad más íntima porque en el trabajo uno es el jefe y el otro el subordinado.
–Se nos ha hecho un poco tarde. Tenemos que irnos –dice Marina mientras se levanta.
–Sí, nosotros también nos vamos –contesta Conchi–. ¿Os llevamos?
–No faltaba más, claro que sí –afirma Fernando apoyando a su mujer.
–No sé, a lo mejor queréis ir a otro sito. Como no tenéis peques. Esto de tener el coche en el taller es una lata. –dice Marina con la mirada baja.
–También nos vamos a casa y vivís a dos pasos – insiste Fernando.
–Bueno, entonces sí –Marina levanta la mirada y esboza una sonrisa mientras recoge sus cosas.
Todos se montan en el coche y se ponen en marcha. Al pasar por delante de la parada del autobús ven como una pareja se “morrea”.
–Los jóvenes de hoy en día no tienen vergüenza –afirma Conchi–. ¡Míralos!
–Tienes razón –dice su marido mientras acerca más el coche a la pareja para iluminarlos bien con los faros y poder verlos mejor.
–Déjalo, no te acerques tanto que están las criaturas –advierte Marina, aunque no quita la mirada de la pareja.
De pronto Marina se pone lívida, ha reconocido a su hija y al hijo de sus amigos. Mira a los demás y observa que todos se han dado cuenta.
Una vez superado el primer estupor se miran unos a otros.
–La mato –dice Jesús–. Es que la mato.
-No vayamos a tener un escándalo en medio de la parada del autobús –propone Fernando–. Espera a que lleguen a casa, es lo mismo –y acelera dejando atrás a la parejita que sigue arrullándose con amor.
–No puedo comprenderlo, es una niña que jamás ha dado un disgusto –afirma Marina––. Siempre ha sido obediente y responsable. Ha terminado el bachillerato con unas notas estupendas.
–Ya, pero llegada una cierta edad los padres no sabemos nada de lo que los hijos hacen fuera de casa –apunta Fernado-.
–También Javi es un buen chico –contesta Conchi.
Nadie dice nada más y durante el resto del trayecto no se oye ni una mosca.
Begoña y Javi se despiden unos metros antes de llegar a la calle donde ella vive. Ella mira el reloj.
–Se hace tarde. Ya sabes cómo es mi padre.
–Ya. En casa no me ponen una hora fija.
–Eso es porque eres chico, esto de ser mujer es un asco.
–¿Te veré mañana?
–¡Claro!, mañana y pasado mañana y siempre –dice Begoña mientras se aleja apretando el paso.
Cuando llega a su casa llama a la puerta y le abre su madre. Tiene un aspecto terrible, los ojos rojos de llorar, la mirada extraviada. No dice nada
–¿Qué pasa, mamá?
–Pasa, verás tu padre –dice Marina con un hilo de voz.
Begoña se asusta un poco. Mira a su madre pero ésta baja los ojos y no le devuelve la mirada. Esto no ocurría nunca.
–Pero, ¿qué pasa?, ¿no me lo puedes decir tú?
–Anda, camina, que tu padre está esperando –dice sin levantar los ojos del suelo.
Begoña se dirige hacia la cocina. Su padre está de espaldas.
– ¿Qué pa..?
No puede terminar la frase. El descomunal bofetón propinado por el brazo del picador desencaja su cara.
–¡Puta, más que puta! –dice Jesús con la cara hinchada por la ira–. Sólo me faltaba que una hija mía fuera a ser una puta, una zorra. Te aseguro que te mato antes de que me pongas en vergüenza, te mato, lo juro.
–Pero si yo… –intenta balbucear Begoña envuelta en lágrimas.
–¡Me cago en la puta! ¡Hostia! No vayas a negarlo. Te hemos visto con estos ojos.
–¡Qué vergüenza! En mi vida lo ha pasado peor –añade su madre entre sollozos.
Jesús vuelve a abalanzarse sobre Begoña. Ella se cubre la cara con los brazos. Todo le da vueltas. Su padre la toma por los hombros y la zarandea.
– ¡Sí! ¡Me cago en la puta que me parió! Te hemos visto con el hijo de Fernando, dándote el lote como una cualquiera. Si no te hubiera visto nunca habría creído que fueras capaz de una cosa así. ¡La mosquita muerta!
Begoña mira a su padre totalmente aterrada e intenta balbucear unas palabras.
–Es que salgo con él. Somos novios.
–¡Qué novios ni qué cuentos! ¡Me cago en la puta! ¿Cuántas veces te hemos dicho lo que no se hace? ¿Es que hablo en latín? Si te deja preñada ¿Crees que se va a casar contigo? ¿Es que no te das cuenta de que tú eres la hija de un puto minero y el padre de ese individuo es el jefe?
–Somos novios, de verdad, lo juro.
–¡Joder! ¿Es que no me explico o que eres tonta? ¡Manda cojones! No quiero volver a verte con él. Que yo no me entere que nadie te ve ni con ése ni con ningún otro.
–Pues… no pienso dejarlo. Es mi novio, ya te lo he dicho
Jesús se abalanza de nuevo sobre ella y comienza a pegarle sin control pero su madre se interpone.
–Bueno, déjala ya. No vayas a tener que ir tú a la cárcel, que sería mucho peor. Déjalo, ya veremos lo que hacemos –y se dirige a Begoña–. Vete a tu cuarto.
–¡Ah!, y de momento no vuelves a salir más en todo el verano porque, ¡me cago en la!, ¡te juro que te mato! –le dice su padre con el dedo índice en alto y tembloroso.
Begoña se dirige al cuarto de baño. Llora desconsoladamente mientras se limpia la sangre que le brota de la nariz.
Doscientos metros más allá, Javi busca sus llaves y abre la puerta de su casa. Enseguida aparece su madre con mirada huidiza. Se acerca a darle un beso. Ella inicialmente lo rechaza pero él insiste y al final se deja convencer por la zalamería de su hijo.
–Anda, camina, que tu padre quiere hablar contigo –le dice con una sonrisa entre forzada y complaciente.
–¿Qué pasa?
–Verás, hijo, te hemos visto en la parada del autobús con esa chica, creo que se llama Begoña.
–¿Y?
–Pues, eso, que te hemos visto abrazándote y tu padre quiere hablar contigo.
Javi se dispone a la reprimenda. Primero va a su habitación y con cierta parsimonia se cambia los zapatos y deja la chaqueta en el perchero. Finalmente se dirige al salón. Su padre está sentado leyendo el periódico. La tele está apagada, algo inusual a esas horas.
–¡Ejem! –dice al ver que no ha notado su presencia.
–¡Ah!, ¿ya estás aquí? –pregunta innecesariamente mientras lo mira de arriba abajo–. Bien, hijo, escúchame con tranquilidad porque tenemos que hablar de hombre a hombre –y le indica el sillón para que se siente.
Javi se sienta sin perderlo de vista. Su padre dobla parsimoniosamente el periódico y levanta la vista.
–Supongo que tu madre te ha dicho que te hemos visto con una chica ¿no?
–Sí, bueno, era Begoña, la hija de Jesús.
–Ya –contesta mientras entrelaza sus dos manos con el dedo índice extendido–. Verás. No creas que no te comprendo, yo también he tenido dieciocho años y sé lo que es eso. Entiendo que tengas tus necesidades y, la verdad, Begoña es una chica muy mona que está muy bien. Pero hay que andarse con cuidado, eres muy joven para “novieteos”. Se empieza haciendo manitas y no se sabe cómo se acaba.
–Pero si no he hecho nada. –protesta mirando a su padre–. ¡Anda, que no sois exagerados!
–Tú sabrás. Nosotros vimos lo que vimos y eso no es nada tranquilizador.
–Bueno, llevamos un tiempo bailando juntos y tú ya sabes, bueno, sé que lo comprendes.
El padre mira de reojo a su mujer que está escuchando discretamente cerca de la puerta. Ella le hace un gesto como incitándole a decir algo ya convenido.
–Supongo que no es nada serio, ¿no? –lo mira con el ceño fruncido mientras espera la respuesta.
–Bueno –baja la vista-, no sé, supongo que no –vuelve la mirada a su padre–. Begoña me gusta pero nada más.
El padre desarruga el ceño, sonríe y vuelve a mirar a su mujer con cierta complacencia.
–Bueno, en ese caso no hay problema. De todas formas ándate con ojo, que tú eres un buen partido, y seguro que habrá un montón de lagartonas que querrán pescarte de cualquier manera –vuelve a desplegar el periódico que estaba leyendo–. Tú haz lo que quieras, a mí no me importa, pero, eso sí, con cuidado de no comprometerte, de noviazgos nada –se para un momento, como dudando de lo que va a decir, vuelve a echar un ojo a su mujer y ésta lo anima a seguir–. Y, ya sabes, quiero decir que si tuvieras una relación íntima con alguna chica, pues siempre con cuidado, para eso están los condones, que los venden en las farmacias.
Javi lo mira asombrado.
–Todavía te queda mucha vida por delante –continúa– este año empiezas en la universidad y quién sabe a cuánta gente interesante conocerás. A lo mejor conoces alguna chica de tu clase, quiero decir que también estudie como tú, porque, ¿sabes?, no es nada bueno casarse con una mujer inferior, ni para ti ni para ella. Cuando pasa el tiempo y se acaban los arrumacos esas diferencias se notan. Esas cosas suelen pasar. No es que quiera decirte con quién has de salir y con quién no. Desde luego que no. Eso es cosa tuya. Pero a la hora de comprometerse hay que pensárselo mucho… –y Fernando sigue y sigue con su perorata, explicándole a su hijo cómo debe comportarse un hombre de bien en este mundo.
Su madre, que contemplaba la escena en segundo plano, sonríe y pregunta:
–¿Vas a salir esta noche?
– No sé. Ya veré. ¡Tengo un hambre canina!
–En un minuto está la cena.
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RELATOS. MACHISMO. lA DESIGUALDAD DE GÉNERO.
domingo, 4 de abril de 2010
LAS VACACIONES
–Recuerda que tienes que anular la reserva del hotel –dice Luis mientras da un beso de despedida a Ana.
–Sí, no te preocupes, lo haré.
–De la reserva del apartamento me encargo yo.
–Vale.
Una vez que Luis ha cerrado la puerta, Ana va hacia la cocina y se dispone a desayunar. Mientras recalienta el café en el microondas y unta una tostada con mantequilla, repasa las faenas cotidianas que le quedan por delante según se van a suceder: levantar y asear a los niños, darles el desayuno, llevarlos al colegio, levantar y asear a su suegra, fregar, lavar, pasar el aspirador, quitar el polvo, hacer los recados, preparar la comida, recoger a los niños, poner la mesa, recoger la mesa, volver a fregar, echar a su suegra en la cama, llevar a los niños al polideportivo, levantar a su suegra, asearla y darle la merienda, recoger a los niños, ayudarlos con los deberes mientras plancha, hacer la cena, dar de cenar a su suegra, asearla y acostarla, dar de cenar y acostar a los niños, preparar la ropa del día siguiente…
Se siente cansada, decepcionada, maltratada. Llora, pero no le sirve de nada. Quiere a Luis, es un buen marido y un buen padre. Sabe muy bien que no tiene alternativa. Está atrapada.
Se conocieron en una boda, se enamoraron locamente y se casaron en cuanto les dieron las llaves del piso que compraron empeñando sus sueldos por veinticinco años.
La verdad es que sus primeros tiempos de matrimonio fueron gloriosos. Los dos trabajaban, así que disponían de dinero y viajaban cuanto podían porque ella era diplomada en turismo y ocupaba el puesto de encargada de sección en una agencia de viajes.
Ya llevaban más de cinco años casados cuando decidieron que era el momento de ser padres. Ella dejó de tomar anticonceptivos y se pusieron a ello con ilusión y tenacidad, así que al poco tiempo ya estaba embarazada.
Ana estaba de más de siete meses, cuando la madre de Luis se cayó desde lo alto de la escalera mientras limpiaba unas ventanas en su casa. Después de dos semanas de incertidumbre supieron que se quedaría en una silla de ruedas para siempre.
Fue una noticia terrible que rompía todos sus proyectos. Rescindieron el contrato de alquiler de la madre de Luis porque era evidente que no podía vivir sola y le hicieron un hueco en su casa pidiendo un préstamo para adaptarla a su minusvalía. Por otra parte, Ana pidió la baja por maternidad y contrataron una asistenta.
Al fin llegó Anita y pasaron los cuatro meses de permiso maternal. Ana tenía que incorporarse al trabajo o dejarlo.
–Luis, no sé cómo nos vamos a arreglar. He estudiado todas las posibilidades y no encuentro una solución.
–Podemos meter una chica fija.
–Sí, pero eso no nos soluciona el problema porque la niña es muy pequeña y necesita todo tipo de atenciones y tu madre también. Tendríamos que buscar una buena guardería y así la chica podría atender a tu madre mientras la niña está en la guardería.
–Pues podemos hacer eso.
–El problema es el dinero. Entre la chica y la guardería serían más de mil setecientos euros. Y luego están los mil de la hipoteca y las amortizaciones del préstamo, al margen de los gastos de la casa.
-¿Cuánto hay que pagarle a la chica?
-Ochocientos de sueldo, más las pagas extra, las vacaciones y unos ciento ochenta o así de seguro. Con comida y todo creo que pasa ampliamente de los mil doscientos .
-¿Y la guardería?
-La que está a medio camino de la agencia, que es la que me conviene, unos quinientos.
-¡Caray!
-Claro, se trata de llevarla cuando me voy a trabajar, ir a ver cómo come a mediodía y recogerla al salir de trabajar, casi diez horas. Hecha la cuenta, mil setecientos que gano yo y unos mil doscientos de media que ganas tú, los meses buenos, ni aún contando con los casi cuatrocientos de la pensión de tu madre nos llegaría.
–Ya, pues no sé. Podrías trabajar a jornada partida.
–Eso tampoco resuelve nada porque tanto tu madre como la niña necesitan que estén pendientes de ellas constantemente. Y total, ¿qué?, disminuiría mi sueldo y de todas formas tendríamos el mismo problema.
–Entonces tendrás que dejar de trabajar.
–Es una solución, aunque sin mi sueldo no podremos meter una chica. De momento podría pedir la excedencia, ya veremos después.
–Sí, será lo mejor. Además, ¿con quien mejor estará la niña será con su madre? Aunque será mucho trabajo.
–No te preocupes. Estoy acostumbrada.
Ana era la segunda de seis hermanos, así que desde pequeña había arrimado el hombro y aún así había sacado su carrera.
Pidió la excedencia por dos años y se hizo cargo de la casa, de su niña y de su suegra. Y, por si eso fuera poco, en un despiste, se quedó de nuevo embarazada. Vino José Antonio y la excedencia por dos años se transformó en el abandono definitivo del trabajo.
Una mañana de primavera, harta de la monotonía de su vida y después de dejar a los niños en el colegio se acercó a ver a sus antiguos compañeros.
Después de los saludos y los parabienes, su antiguo jefe la invitó a tomar un café. En la cafetería se sinceró con él.
–Estoy derrotada. ¡No sabes cuánto añoro el trabajo!
–Ya te veo.
Ana se había ido abandonando poco a poco. Estaba muy delgada y algo demacrada. Había dejado de ponerse las mechas y no se cuidaba mucho el pelo, así que llevaba una media melena siempre recogida con el primer prendedor que encontraba. No abandonaba el chándal o, como mucho, el pantalón vaquero y la camiseta, y si era invierno solo añadía un anorak de mercadillo.
–No me mires, sé que doy pena.
–No es eso, nunca entendí por qué lo dejaste.
–Esperaba encontrar la forma de conciliar mi trabajo con la niña y mi suegra, pero fue imposible.
–Tú ganabas más que Luis, ¿no?
–Sí, él lleva representaciones de peluquería. No gana un sueldo fijo. Bueno, sí, pero pequeño. Lo importante son las comisiones, como aquí pero más a lo bestia.
–Además tú aquí tenías posibilidades. El tiempo ha pasado muy rápido. ¿Hace cuánto que lo dejaste?, ¿cinco o seis años? Me jubilo este año y ya sabes que el puesto era para ti.
–No me lo recuerdes. Pero no pudo ser.
–¿Y si Luis se encargara de la casa? Con tu sueldo podría tener una ayuda.
–¡Qué va!, tú eres muy moderno, eso ni se nos ocurrió. Bueno, a mí sí, no creas, lo pensé. Pero… ¿qué pensaría mi suegra?, ¿qué dirían los amigos y vecinos? A él ni se lo propuse. Además, Luis nunca ha hecho nada en casa. ¿No ves que es hijo único y que su madre se ha dedicado enteramente a él?
–Tenías que habérselo dicho. A lo mejor te llevabas una sorpresa.
–No lo creo, es muy tradicional.
–Tú misma.
–Desde que ocurrió el accidente se acabaron los viajes. Sólo salgo de casa para ir a pasar el mes de vacaciones en el pueblo de los padres de Luis. Y eso es peor que no salir porque en el pueblo no tengo las comodidades de casa. No es que me importe mucho porque he corrido lo mío, pero sí que añoro una escapadita de vez en cuando.
–Pues eso tiene solución. En la oficina tengo unos folletos de una oferta de un hotel en la Costa del Sol. Está preparado para recibir personas discapacitadas y tiene un equipo de atención para que los acompañantes disfruten de cierta libertad de movimientos. Está muy bien.
–Sería ideal. Supongo que será caro –miró el reloj–. Se me hace tarde. Tengo que ir a casa a levantar a mi suegra.
Ana recogió los folletos y se despidió de su antiguo jefe. A partir de aquel momento no pudo pensar en otra cosa que en el hotel de la Costa del Sol. Le parecía un sueño alcanzable.
Cuando llegó Luis a casa lo primero que hizo fue enseñarle el folleto.
–Mira.
Luis lo cogió y comenzó a leerlo.
–¡Estupendo! –siguió leyendo–. Aunque es un poco caro, ¿no?
–Bueno, es natural, solo podríamos ir unos días, pero sería maravilloso.
–Me parece bien.
Luego se dirigió a su madre y le enseñó el folleto.
–Yo sin gafas…
–Ya te lo leo yo –acto seguido Luis leyó la oferta en voz alta.
–Sí, está bien –dijo la madre sin entusiasmo–. Para vosotros es mejor, así os podéis librar de mí de vez en cuando.
–No es que nos queramos librar de ti, todo lo contrario, vas a estar como nunca.
–Yo donde mejor estoy es en el pueblo. Sin líos ni prisas. Además allí conozco a todo el mundo.
–No te preocupes. Los del hotel son gente especializada, enseguida harás muchos amigos.
–Vamos a donde vosotros queráis. Otra cosa es… Haced lo que os plazca.
–Pues no se hable más. Mañana mismo reservas plaza –le dijo Ana mientras le daba un beso en la mejilla–. No sé si será más conveniente que reserves doce días porque quince es mucho dinero.
–Bueno, aunque sean diez. Pasaré unos cuantos días sin hacer nada. No me lo puedo imaginar, el recuerdo de otra situación similar ha quedado tan lejano que es inexistente.
Ana reservó de inmediato el hotel En los días siguientes se encontró con energías renovadas. Dos semanas antes del viaje se fue a la peluquería; se tiñó y se hizo un corte de pelo muy moderno. Luego fue a comprar algún trapito, poca cosa, por si podía tener una cena romántica con su marido.
Por la noche llegó Luis muy contento.
–Verás –dijo con parsimonia– estuve dándole vueltas a lo del viaje, pensando cómo podríamos hacer para alargar un poco el tiempo de vacaciones y esta mañana pasé por una agencia de viajes y encontré la solución –y la miraba mientras le tendía un folleto en el que se anunciaban unos apartamentos de planta baja con perfecta accesibilidad.
Ana miró el folleto y de repente se puso lívida.
–No quiero parecer egoísta pero esto para mí no son vacaciones.
Luis no dijo nada.
–Creo que no es una buena idea porque no es lo mismo. En el hotel hay personal para atender a tu madre si salimos a alguna parte y, bueno, no tengo que cocinar, ni fregar, ni recoger, ni nada –lo miró fijamente esperando una respuesta–. Para mí es casi como ir al pueblo, ¿lo entiendes?
–No, no lo entiendo –contestó Luis con cierto desdén–. A mí no me apetece nada dividir el poco tiempo de vacaciones del que dispongo en viajes de un lado para otro –recogió el folleto y volvió a ojearlo–. Además, esos apartamentos están en una zona estupenda para descansar, que es lo que necesito. ¡Claro!, tú, como estás siempre en casa buscas emociones y lo que quieres es salir por ahí. Pero yo, que trabajo de sol a sol para poder manteneros a todos, lo que necesito es descanso, desconectar.
–Bueno, es posible que tengas razón –Ana intentó reprimir su indignación–. Entiendo que necesites descansar y desconectarte del mundo. ¡Claro! ¡Y yo también! –empezaban a soltársele las lágrimas–. ¿Es que yo no cuento? ¿Qué crees? Es qué yo no trabajo? Me gustaría verte en mi puesto –se paró un momento para reflexionar–. Yo preferiría mil veces trabajar en la agencia y llegar a casa con todos los problemas domésticos resueltos, todo hecho y todo en su sitio –se volvió a parar en su discurso como si dudara de seguir–. No creas que cuidar a tu madre, es cosa de nada. Y... bueno nada, no vale la pena.
–Sí, trabajas mucho, lo sé, pero no es lo mismo. No compares la tensión de tener que dar cuentas de cómo van las ventas. Porque en cuanto te descuidas las cosas salen mal y en este trabajo no se andan con cuentos, no tienen en consideración cómo estás o lo que te pasa, si no vendes fuera –se calló un momento como para tomar aliento–. A ti no te pide cuentas nadie ¿Cuándo te he dicho yo si esto o lo otro no estaba hecho o en su punto? Tu trabajo no tiene ninguna presión, si lo haces, bien, y si no lo haces, también, puedes disponer de tu tiempo como quieras.
–Eso que dices es una necedad. Yo no hago lo que quiero, hago lo que tengo que hacer porque nadie viene a hacerlo por mí. Me levanto una hora antes que tú, me acuesto mucho más tarde y no tengo ni un momento para ver la televisión o relajarme –dijo gritando– y, además, si eso es lo que te parece a ti, la solución es muy fácil, a partir del mes que viene yo vuelvo a trabajar fuera y tú te quedas en casa. Estoy segura de que podría volver a la agencia, incluso de jefa.
Luis la miró atónito.
–¡Cállate ya!, ¡no dices más que tonterías! –estaba verdaderamente enfadado.
–Lo digo en serio, es una posibilidad.
Luis se quedó callado. La miró, sonrió, la tomó por la barbilla, le dio un beso en la mejilla y dijo:
–Bueno, vamos a dejarlo. Yo te quiero, ya lo sabes. Eres lo más importante para mí. Sé que trabajas mucho y además atiendes a mi madre como si fueras su hija. Y yo te lo agradezco de verdad.
Y dando media vuelta se metió en la habitación para ponerse cómodo y se dispuso a ver la tele.
–Sí, no te preocupes, lo haré.
–De la reserva del apartamento me encargo yo.
–Vale.
Una vez que Luis ha cerrado la puerta, Ana va hacia la cocina y se dispone a desayunar. Mientras recalienta el café en el microondas y unta una tostada con mantequilla, repasa las faenas cotidianas que le quedan por delante según se van a suceder: levantar y asear a los niños, darles el desayuno, llevarlos al colegio, levantar y asear a su suegra, fregar, lavar, pasar el aspirador, quitar el polvo, hacer los recados, preparar la comida, recoger a los niños, poner la mesa, recoger la mesa, volver a fregar, echar a su suegra en la cama, llevar a los niños al polideportivo, levantar a su suegra, asearla y darle la merienda, recoger a los niños, ayudarlos con los deberes mientras plancha, hacer la cena, dar de cenar a su suegra, asearla y acostarla, dar de cenar y acostar a los niños, preparar la ropa del día siguiente…
Se siente cansada, decepcionada, maltratada. Llora, pero no le sirve de nada. Quiere a Luis, es un buen marido y un buen padre. Sabe muy bien que no tiene alternativa. Está atrapada.
Se conocieron en una boda, se enamoraron locamente y se casaron en cuanto les dieron las llaves del piso que compraron empeñando sus sueldos por veinticinco años.
La verdad es que sus primeros tiempos de matrimonio fueron gloriosos. Los dos trabajaban, así que disponían de dinero y viajaban cuanto podían porque ella era diplomada en turismo y ocupaba el puesto de encargada de sección en una agencia de viajes.
Ya llevaban más de cinco años casados cuando decidieron que era el momento de ser padres. Ella dejó de tomar anticonceptivos y se pusieron a ello con ilusión y tenacidad, así que al poco tiempo ya estaba embarazada.
Ana estaba de más de siete meses, cuando la madre de Luis se cayó desde lo alto de la escalera mientras limpiaba unas ventanas en su casa. Después de dos semanas de incertidumbre supieron que se quedaría en una silla de ruedas para siempre.
Fue una noticia terrible que rompía todos sus proyectos. Rescindieron el contrato de alquiler de la madre de Luis porque era evidente que no podía vivir sola y le hicieron un hueco en su casa pidiendo un préstamo para adaptarla a su minusvalía. Por otra parte, Ana pidió la baja por maternidad y contrataron una asistenta.
Al fin llegó Anita y pasaron los cuatro meses de permiso maternal. Ana tenía que incorporarse al trabajo o dejarlo.
–Luis, no sé cómo nos vamos a arreglar. He estudiado todas las posibilidades y no encuentro una solución.
–Podemos meter una chica fija.
–Sí, pero eso no nos soluciona el problema porque la niña es muy pequeña y necesita todo tipo de atenciones y tu madre también. Tendríamos que buscar una buena guardería y así la chica podría atender a tu madre mientras la niña está en la guardería.
–Pues podemos hacer eso.
–El problema es el dinero. Entre la chica y la guardería serían más de mil setecientos euros. Y luego están los mil de la hipoteca y las amortizaciones del préstamo, al margen de los gastos de la casa.
-¿Cuánto hay que pagarle a la chica?
-Ochocientos de sueldo, más las pagas extra, las vacaciones y unos ciento ochenta o así de seguro. Con comida y todo creo que pasa ampliamente de los mil doscientos .
-¿Y la guardería?
-La que está a medio camino de la agencia, que es la que me conviene, unos quinientos.
-¡Caray!
-Claro, se trata de llevarla cuando me voy a trabajar, ir a ver cómo come a mediodía y recogerla al salir de trabajar, casi diez horas. Hecha la cuenta, mil setecientos que gano yo y unos mil doscientos de media que ganas tú, los meses buenos, ni aún contando con los casi cuatrocientos de la pensión de tu madre nos llegaría.
–Ya, pues no sé. Podrías trabajar a jornada partida.
–Eso tampoco resuelve nada porque tanto tu madre como la niña necesitan que estén pendientes de ellas constantemente. Y total, ¿qué?, disminuiría mi sueldo y de todas formas tendríamos el mismo problema.
–Entonces tendrás que dejar de trabajar.
–Es una solución, aunque sin mi sueldo no podremos meter una chica. De momento podría pedir la excedencia, ya veremos después.
–Sí, será lo mejor. Además, ¿con quien mejor estará la niña será con su madre? Aunque será mucho trabajo.
–No te preocupes. Estoy acostumbrada.
Ana era la segunda de seis hermanos, así que desde pequeña había arrimado el hombro y aún así había sacado su carrera.
Pidió la excedencia por dos años y se hizo cargo de la casa, de su niña y de su suegra. Y, por si eso fuera poco, en un despiste, se quedó de nuevo embarazada. Vino José Antonio y la excedencia por dos años se transformó en el abandono definitivo del trabajo.
Una mañana de primavera, harta de la monotonía de su vida y después de dejar a los niños en el colegio se acercó a ver a sus antiguos compañeros.
Después de los saludos y los parabienes, su antiguo jefe la invitó a tomar un café. En la cafetería se sinceró con él.
–Estoy derrotada. ¡No sabes cuánto añoro el trabajo!
–Ya te veo.
Ana se había ido abandonando poco a poco. Estaba muy delgada y algo demacrada. Había dejado de ponerse las mechas y no se cuidaba mucho el pelo, así que llevaba una media melena siempre recogida con el primer prendedor que encontraba. No abandonaba el chándal o, como mucho, el pantalón vaquero y la camiseta, y si era invierno solo añadía un anorak de mercadillo.
–No me mires, sé que doy pena.
–No es eso, nunca entendí por qué lo dejaste.
–Esperaba encontrar la forma de conciliar mi trabajo con la niña y mi suegra, pero fue imposible.
–Tú ganabas más que Luis, ¿no?
–Sí, él lleva representaciones de peluquería. No gana un sueldo fijo. Bueno, sí, pero pequeño. Lo importante son las comisiones, como aquí pero más a lo bestia.
–Además tú aquí tenías posibilidades. El tiempo ha pasado muy rápido. ¿Hace cuánto que lo dejaste?, ¿cinco o seis años? Me jubilo este año y ya sabes que el puesto era para ti.
–No me lo recuerdes. Pero no pudo ser.
–¿Y si Luis se encargara de la casa? Con tu sueldo podría tener una ayuda.
–¡Qué va!, tú eres muy moderno, eso ni se nos ocurrió. Bueno, a mí sí, no creas, lo pensé. Pero… ¿qué pensaría mi suegra?, ¿qué dirían los amigos y vecinos? A él ni se lo propuse. Además, Luis nunca ha hecho nada en casa. ¿No ves que es hijo único y que su madre se ha dedicado enteramente a él?
–Tenías que habérselo dicho. A lo mejor te llevabas una sorpresa.
–No lo creo, es muy tradicional.
–Tú misma.
–Desde que ocurrió el accidente se acabaron los viajes. Sólo salgo de casa para ir a pasar el mes de vacaciones en el pueblo de los padres de Luis. Y eso es peor que no salir porque en el pueblo no tengo las comodidades de casa. No es que me importe mucho porque he corrido lo mío, pero sí que añoro una escapadita de vez en cuando.
–Pues eso tiene solución. En la oficina tengo unos folletos de una oferta de un hotel en la Costa del Sol. Está preparado para recibir personas discapacitadas y tiene un equipo de atención para que los acompañantes disfruten de cierta libertad de movimientos. Está muy bien.
–Sería ideal. Supongo que será caro –miró el reloj–. Se me hace tarde. Tengo que ir a casa a levantar a mi suegra.
Ana recogió los folletos y se despidió de su antiguo jefe. A partir de aquel momento no pudo pensar en otra cosa que en el hotel de la Costa del Sol. Le parecía un sueño alcanzable.
Cuando llegó Luis a casa lo primero que hizo fue enseñarle el folleto.
–Mira.
Luis lo cogió y comenzó a leerlo.
–¡Estupendo! –siguió leyendo–. Aunque es un poco caro, ¿no?
–Bueno, es natural, solo podríamos ir unos días, pero sería maravilloso.
–Me parece bien.
Luego se dirigió a su madre y le enseñó el folleto.
–Yo sin gafas…
–Ya te lo leo yo –acto seguido Luis leyó la oferta en voz alta.
–Sí, está bien –dijo la madre sin entusiasmo–. Para vosotros es mejor, así os podéis librar de mí de vez en cuando.
–No es que nos queramos librar de ti, todo lo contrario, vas a estar como nunca.
–Yo donde mejor estoy es en el pueblo. Sin líos ni prisas. Además allí conozco a todo el mundo.
–No te preocupes. Los del hotel son gente especializada, enseguida harás muchos amigos.
–Vamos a donde vosotros queráis. Otra cosa es… Haced lo que os plazca.
–Pues no se hable más. Mañana mismo reservas plaza –le dijo Ana mientras le daba un beso en la mejilla–. No sé si será más conveniente que reserves doce días porque quince es mucho dinero.
–Bueno, aunque sean diez. Pasaré unos cuantos días sin hacer nada. No me lo puedo imaginar, el recuerdo de otra situación similar ha quedado tan lejano que es inexistente.
Ana reservó de inmediato el hotel En los días siguientes se encontró con energías renovadas. Dos semanas antes del viaje se fue a la peluquería; se tiñó y se hizo un corte de pelo muy moderno. Luego fue a comprar algún trapito, poca cosa, por si podía tener una cena romántica con su marido.
Por la noche llegó Luis muy contento.
–Verás –dijo con parsimonia– estuve dándole vueltas a lo del viaje, pensando cómo podríamos hacer para alargar un poco el tiempo de vacaciones y esta mañana pasé por una agencia de viajes y encontré la solución –y la miraba mientras le tendía un folleto en el que se anunciaban unos apartamentos de planta baja con perfecta accesibilidad.
Ana miró el folleto y de repente se puso lívida.
–No quiero parecer egoísta pero esto para mí no son vacaciones.
Luis no dijo nada.
–Creo que no es una buena idea porque no es lo mismo. En el hotel hay personal para atender a tu madre si salimos a alguna parte y, bueno, no tengo que cocinar, ni fregar, ni recoger, ni nada –lo miró fijamente esperando una respuesta–. Para mí es casi como ir al pueblo, ¿lo entiendes?
–No, no lo entiendo –contestó Luis con cierto desdén–. A mí no me apetece nada dividir el poco tiempo de vacaciones del que dispongo en viajes de un lado para otro –recogió el folleto y volvió a ojearlo–. Además, esos apartamentos están en una zona estupenda para descansar, que es lo que necesito. ¡Claro!, tú, como estás siempre en casa buscas emociones y lo que quieres es salir por ahí. Pero yo, que trabajo de sol a sol para poder manteneros a todos, lo que necesito es descanso, desconectar.
–Bueno, es posible que tengas razón –Ana intentó reprimir su indignación–. Entiendo que necesites descansar y desconectarte del mundo. ¡Claro! ¡Y yo también! –empezaban a soltársele las lágrimas–. ¿Es que yo no cuento? ¿Qué crees? Es qué yo no trabajo? Me gustaría verte en mi puesto –se paró un momento para reflexionar–. Yo preferiría mil veces trabajar en la agencia y llegar a casa con todos los problemas domésticos resueltos, todo hecho y todo en su sitio –se volvió a parar en su discurso como si dudara de seguir–. No creas que cuidar a tu madre, es cosa de nada. Y... bueno nada, no vale la pena.
–Sí, trabajas mucho, lo sé, pero no es lo mismo. No compares la tensión de tener que dar cuentas de cómo van las ventas. Porque en cuanto te descuidas las cosas salen mal y en este trabajo no se andan con cuentos, no tienen en consideración cómo estás o lo que te pasa, si no vendes fuera –se calló un momento como para tomar aliento–. A ti no te pide cuentas nadie ¿Cuándo te he dicho yo si esto o lo otro no estaba hecho o en su punto? Tu trabajo no tiene ninguna presión, si lo haces, bien, y si no lo haces, también, puedes disponer de tu tiempo como quieras.
–Eso que dices es una necedad. Yo no hago lo que quiero, hago lo que tengo que hacer porque nadie viene a hacerlo por mí. Me levanto una hora antes que tú, me acuesto mucho más tarde y no tengo ni un momento para ver la televisión o relajarme –dijo gritando– y, además, si eso es lo que te parece a ti, la solución es muy fácil, a partir del mes que viene yo vuelvo a trabajar fuera y tú te quedas en casa. Estoy segura de que podría volver a la agencia, incluso de jefa.
Luis la miró atónito.
–¡Cállate ya!, ¡no dices más que tonterías! –estaba verdaderamente enfadado.
–Lo digo en serio, es una posibilidad.
Luis se quedó callado. La miró, sonrió, la tomó por la barbilla, le dio un beso en la mejilla y dijo:
–Bueno, vamos a dejarlo. Yo te quiero, ya lo sabes. Eres lo más importante para mí. Sé que trabajas mucho y además atiendes a mi madre como si fueras su hija. Y yo te lo agradezco de verdad.
Y dando media vuelta se metió en la habitación para ponerse cómodo y se dispuso a ver la tele.
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